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ARTÍCULO 14

Antes de comenzar en Cuidados Paliativos trabajé en varios servicios del hospital teniendo así la oportunidad de conocer a muchas personas, entre ellas a una compañera. Su trato con los pacientes era correcto pero muy frío. Siempre a la defensiva con el resto del personal y la mayoría de las veces enfadada. Por esa época, ingresaron a mi hija durante doce días debido a un problema renal con la incertidumbre de lo que pudiera pasar y aunque mis compañeras fueron muy amables conmigo y se preocupaban por mi estado anímico, ella fue la única que se dirigió a mí para decirme: quiero que elijas una noche para quedarme a cuidar a tu hija. He pedido días libres y quiero que descanses y duermas en tu casa por lo menos una noche. Aunque no acepté su ofrecimiento se lo agradecí. A partir de ese día, su actitud cambió conmigo.

Años más tarde llegó a cuidados paliativos como paciente. Hubo varios ingresos y en uno de ellos, una mañana se vino abajo, lloró con mucho desconsuelo y se lamentó por su forma de ser. Reconoció que no había merecido la pena haber sido tan dura. Me quedé a su lado escuchándola en silencio. Cuando acabó la abracé y permanecimos así un rato. No se cuánto tiempo pasó, pero la última vez que la miré, había cerrado sus ojos para no volver a abrirlos.

Esa misma noche tuve un sueño. Me veía en el hospital delante del ascensor, se abrían las puertas y aparecía su hijo, me pedía un abrazo y me daba las gracias.

Al día siguiente me tocaba el turno de noche. Estaba en el pasillo y oí que alguien me saludaba, me giré y era su hijo. Estaba reviviendo el sueño de la noche anterior. Le pregunté qué hacía allí, que era el momento de descansar y olvidarse del hospital. Me dijo que estaba en su casa y sintió que tenía que venir a despedirse de mí. Quería explicarme que su madre había dejado todo escrito, incluido el cómo deseaba que se hicieran las cosas. No quería mi aprobación, sólo compartirlo conmigo. Le conté mi sueño y me dijo que también venía por eso. Necesitaba un abrazo, era como completar un trabajo con su madre.

Pasó el tiempo y un día llegó otra compañera con un familiar. Las tres habíamos trabajado juntas y me preguntó si estaba cuando ella cuando falleció. Me decía que había sentido mucha pena por ella. Hablamos bastante rato hasta que nos interrumpió una polilla revoloteando entre ambas. Mientras continuamos hablando yo intentaba apartarla con la mano pero ella insistía entre nosotras y terminó metiéndose entre el espacio de los dos primeros botones del uniforme y una vez dentro, caminó hacia el lado izquierdo y se colocó por encima de mi pecho. Desabroché la blusa, la cogí con cuidado y la eché a volar lejos de donde estábamos y continuamos con la conversación, pero volvió una segunda vez repitiendo lo mismo. Mi compañera enmudeció y a mí me dio por reír. Finalmente me comentó: si me lo dicen no me lo creo. ¿Esa es ella verdad? Empezó a reír conmigo mientras agregaba: eso sólo puede pasarte a ti por el trabajo que haces. Yo volví a repetir lo mismo, la eché a volar y tuve un pensamiento bonito hacia la compañera fallecida. Creo que era una señal, quería indicarnos que estaba cerca y nos agradecía que la recordáramos con cariño.

Carmen Rosa Rivero

Carmen Rosa Rivero

Carmen Rosa es Maestra de Reiki y Auxiliar de Enfermería, con una experiencia de 11 años en el Departamento de Cuidados Paliativos del Hospital Universitario Dr. Negrín.
Carmen Rosa Rivero

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Un Comentario

  1. Mari Nieves

    Eres Grande …. muy Grande!
    Sabemos que desgraciadamente hay pocas personas que puedan sentir la muerte, como una experiencia de la propia vida! Les enseñan a verla como algo negativo, cuando lo único que se va es su cuerpo… pero sabemos que el alma, que es lo más grande del “Ser” estará ahí para siempre. No hay mayor conexión entre dos personas que la de las almas, esa se transforma en lo que queramos en cada momento de nuestra vida.
    Tu sobrina Mari Nieves.

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